La sospecha de escribir bien
La primera norma de la netiqueta pedía recordar que hay un humano del otro lado. Treinta años después el problema es el contrario: probar que uno lo es.
Una amiga me contó que había borrado tres veces el mensaje de condolencias que le escribía a un colega. No dudaba de lo que sentía. Dudaba de cómo sonaba. Le había quedado demasiado ordenado, con las comas en su sitio y las frases completas, y temía que el otro creyera que lo había sacado de una máquina. Terminó enviando una versión peor, con una oración a medio cerrar, para que se notara que era ella.
Esa escena no habría tenido sentido hace tres años. Hoy se repite todos los días en oficinas, chats familiares y salas de profesores, y describe con bastante precisión el lugar incómodo al que llegó la etiqueta digital.
En 1994 una escritora llamada Virginia Shea publicó un manual delgado con diez reglas para comportarse en internet. La primera decía «recuerda al humano», y la explicaba así: allá afuera hay personas de verdad. Al año siguiente, en octubre de 1995, el organismo que redacta las normas técnicas de la red convirtió ese consejo en documento oficial. Cumplió treinta años el octubre pasado sin que nadie lo celebrara.
La netiqueta nació de la escasez. La red era estrecha, la comunidad pequeña, y no había plataforma que moderara ni ley que sancionara. La cortesía era la única infraestructura disponible y funcionaba porque el problema era uno solo: detrás de una pantalla verde uno olvidaba con facilidad que había alguien.
Ese problema se resolvió y en su lugar apareció otro que Shea no pudo prever. Ya no cuesta recordar que hay una persona del otro lado. Lo que cuesta es probar que uno mismo lo es.
Los números de este año son incómodos de leer. Una encuesta de junio a trabajadores estadounidenses encontró que la mitad prefiere recibir un mensaje humano con erratas antes que uno perfectamente pulido por una máquina, y que casi un tercio interpreta que el colega que usó inteligencia artificial para escribirle no se tomó la molestia. Entre los menores de treinta ambas cifras suben de forma notable. Contra el estereotipo, la generación que creció en internet resultó ser la más celosa del aporte humano, no la más indiferente.
Lo que esas cifras miden no es una preferencia estética. Es una sospecha sobre el vínculo.
El síntoma más pequeño de esa sospecha, y por eso mismo el más revelador, es la persecución de la raya. Ese guion largo que sirve para abrir un inciso lleva dos años acusado de delatar a ChatGPT. Empezó en redes sociales, sin evidencia alguna, y acabó bautizado en pódcast como el guion de las máquinas. La defensa es tan obvia que nadie la escucha: los modelos usan rayas porque las aprendieron de los millones de textos humanos con que fueron entrenados. Estamos sospechando del acusado porque habla el idioma del testigo.
El daño no es tipográfico. Escritores profesionales confiesan que ahora se detienen a mitad de una frase para preguntarse si sonará a robot. Durante tres décadas la netiqueta pidió cuidar la forma: revisar antes de enviar, no gritar en mayúsculas, escribir bien. Ahora empuja a escribir un poco peor a propósito. La errata dejó de ser un descuido y se convirtió en un certificado de existencia.
Tampoco hay una salida limpia. Un trabajo académico publicado este año describe lo que llama la paradoja de la revelación: quien declara que usó inteligencia artificial pierde credibilidad, y quien la usa sin decirlo la pierde mucho más si lo descubren. Declarar cuesta, ocultar cuesta el doble, y abstenerse resulta cada vez menos verosímil cuando dos de cada tres colegas la usan a diario.
Creo que llevamos dos años discutiendo el problema equivocado. Nos hemos dedicado a auditar el estilo cuando el estilo nunca estuvo en juego. A nadie le molesta que su jefe use un corrector ortográfico, que un abogado parta de una minuta o que un médico dicte y otro transcriba. Delegar la ejecución es viejo y respetable. Lo que ofende es otra cosa, y los datos la señalan sin ambigüedad: recibir un texto que nadie leyó antes de enviarlo. El estudio que registró más molestia no apuntó contra el trabajo hecho con máquinas, sino contra el trabajo hecho con máquinas y despachado sin revisar. La mitad de quienes reciben uno de esos encargos vacíos concluye que el remitente es menos capaz. No los ofendió la herramienta. Los ofendió descubrir que del otro lado nadie había puesto atención.
De modo que la norma que hace falta no regula el tono sino la responsabilidad. Da igual cuánto de un texto lo produjo una máquina. Importa si hay alguien dispuesto a responder por cada línea. Firmar significa haber leído, haber pensado y estar dispuesto a sostener lo escrito frente a quien lo reclame. Es una virtud vieja, muy anterior al correo electrónico, y no se detecta contando guiones.
Mi amiga, por cierto, mandó el mensaje malo. Su colega le respondió a los diez minutos para agradecerle. No creo que notara la frase incompleta. Notó que alguien se había sentado a pensar en él. Eso es todo lo que pedía Shea, y sigue siendo bastante difícil de conseguir.
Fuentes consultadas
RFC 1855, «Netiquette Guidelines» (IETF, 1995) (https://www.ietf.org/rfc/rfc1855.txt) · Las diez reglas de Virginia Shea (http://www.albion.com/bookNetiquette/0963702513p32.html)
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