Las diez reglas, otra vez
Virginia Shea escribió diez en 1994. Dos murieron de éxito, una se la llevó la ley, y la mejor de todas la estamos desmontando ahora sin haberlo discutido.
Una lectora me escribió la semana pasada una frase que me dejó pensando y que vale la pena reproducir casi entera, porque es la objeción correcta. Decía que llevaba varias semanas leyendo sobre lo que anda mal en la etiqueta digital, que estaba de acuerdo con casi todo, y que le gustaría saber qué se supone que hace uno el lunes a las ocho de la mañana.
Es una pregunta justa y obliga a volver al principio.
En 1994 Virginia Shea publicó un libro delgado con diez reglas para comportarse en internet, y al año siguiente el comité que fija los estándares técnicos de internet publicó su propia versión. Siguen ahí, escritas para un mundo de correo electrónico y foros de texto. Lo interesante de releerlas treinta años después no es cuáles envejecieron mal, sino que envejecieron de maneras distintas: la clasificación enseña más que las reglas.
Dos murieron de éxito. La quinta pedía cuidar cómo se ve uno en línea, y quería decir revise la ortografía antes de enviar. Nadie necesita hoy esa instrucción, porque la herramienta la cumple sola, sin permiso y a veces contra la voluntad de quien escribe. Es una victoria completa y produjo el problema que tenemos ahora: cuando cuidar la forma sale gratis, la forma deja de probar nada. La regla se cumplió tan bien que se volvió inservible como señal.
Una se la llevó la ley. La octava pedía respetar la privacidad ajena. Era un ruego entre desconocidos y hoy es un reglamento con multas, plazos y autoridades de control. Ganamos protección de verdad y perdimos algo menos visible, porque lo que se cumple por miedo a la sanción deja de decir nada sobre quien lo cumple. A nadie se le ocurre agradecerle a una empresa que respete la ley.
Tres se volvieron mucho más difíciles, y las tres por el mismo motivo, que es que el terreno se movió debajo. La cuarta pedía respetar el tiempo y el ancho de banda de los demás; el ancho de banda dejó de escasear, la atención pasó a ser el recurso escaso y nadie escribió la norma equivalente. La séptima pedía ayudar a contener las peleas; hoy existe una industria que las financia, porque la rabia es el contenido que mejor circula. La décima pedía ser indulgente con los errores ajenos; el registro se volvió permanente y buscable, y perdonar necesita olvidar, que es justamente la función que eliminamos.
Una la incumple todo el mundo porque nadie tiene autoridad para exigirla. La novena decía no abusar del poder y estaba pensada para el administrador de sistemas, que en aquella red era el único con privilegios. Hoy casi todos tenemos algo de poder sobre el tiempo de alguien, y ese poder no viene con una descripción de cargo que permita reclamarlo.
Una se dio vuelta entera. La primera, la famosa, pedía recordar que del otro lado hay un humano. El problema dejó de ser acordarse y pasó a ser demostrar que uno lo es, que es una instrucción distinta y bastante más difícil de cumplir.
Y queda la sexta, que es la que quiero defender, porque funcionó mejor que ninguna y la estamos desmontando sin haberlo discutido. Pedía compartir el conocimiento experto: si usted sabe algo, escríbalo donde otros puedan encontrarlo. Esa regla construyó Wikipedia, los foros técnicos, los hilos interminables donde un desconocido explicaba gratis cómo se arreglaba una cosa. Es probablemente lo mejor que hizo internet con nosotros. Hoy esa pregunta se le hace al modelo, que sabe la respuesta porque la aprendió de aquellos textos, y el experto que antes se sentaba a escribirla ya no tiene para quién. Nadie tomó esa decisión. Está ocurriendo.
Hecha la clasificación, el hueco se ve solo. En las diez no hay ninguna regla sobre responder por lo que uno manda. No hacía falta escribirla. En 1994, lo que aparecía bajo su nombre lo había tecleado usted, y la autoría y la responsabilidad eran el mismo acto físico. Esas dos cosas se separaron hace tres años y la lista no tiene nada que decir sobre la costura.
Propondría una undécima, y lo hago sin entusiasmo, porque las reglas nuevas casi nunca sirven para nada. No sería declarar si usó una máquina, que es lo que exige ahora la ley europea y está bien que lo exija. Tampoco escribirlo todo a mano, que no va a volver a pasar. Sería más sencilla que las dos: responda por lo que firma. Lo que sale con su nombre lo leyó, está de acuerdo con cada línea y va a sostenerla cuando alguien venga a reclamar.
La diferencia con la etiqueta obligatoria importa más de lo que parece. Una etiqueta contesta cómo se hizo algo, que es auditable y por eso legislable. La pregunta que en realidad se hace el que recibe es otra, y no hay tecnología que la conteste, y es si hay alguien ahí.
A la lectora que preguntó qué hacer el lunes le debo algo más corto que todo esto. Lea lo que va a mandar. Todo, incluido lo que escribió la máquina, incluido lo que ya revisó ayer. Si al terminar queda una línea que no está dispuesta a defender, quítela. Le va a costar unos minutos al día y no la va a volver mejor persona. Va a hacer que del otro lado haya alguien, que es lo mismo que pedía la primera regla en 1994 y sigue siendo la parte que le toca a uno.
Fuentes consultadas
RFC 1855, «Netiquette Guidelines» (IETF, 1995) (https://www.ietf.org/rfc/rfc1855.txt) · Las diez reglas de Virginia Shea (http://www.albion.com/bookNetiquette/0963702513p32.html)
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