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El Cotejo

A quién le pedimos permiso

Aprendimos en un año a pedir autorización antes de encender el transcriptor. Seguimos mandando notas de voz de nueve minutos sin preguntarle nada a nadie.

César Amar
Pieza gráfica de El Cotejo

Hay una escena que se repite en las oficinas y que vale la pena mirar despacio, porque revela algo que preferiríamos no saber de nosotros.

Alguien entra a una videollamada, saluda y pregunta si los demás están de acuerdo con que active el transcriptor automático, para poder atender la conversación sin estar tomando notas. Todos asienten. La reunión transcurre con normalidad. Dos horas después esa misma persona le manda a un colega una nota de voz de nueve minutos sin preguntarle absolutamente nada.

Le pedimos permiso a la máquina y no al destinatario. Ese desplazamiento, y no las mayúsculas ni los emojis, es lo que de verdad cambió en la etiqueta digital.

Conviene empezar por lo que está funcionando, que es más de lo que uno esperaría. La pregunta antes de encender el transcriptor se volvió costumbre en poco más de un año, y no llegó por virtud. En diciembre pasado el Colegio de Abogados de la Ciudad de Nueva York advirtió, en una opinión formal, que usar transcriptores automáticos sin consentimiento estricto del cliente puede violar el deber de confidencialidad y el secreto profesional. Más de una docena de estados norteamericanos exigen que todas las partes autoricen una grabación. Y quienes trabajan de cara al cliente empezaron a reportar algo que ninguna política interna había previsto: reuniones canceladas por la sola presencia del bot en la pantalla. El asistente dejó de leerse como un truco de productividad y pasó a leerse como un riesgo.

Ayudó también el ridículo, que suele enseñar más rápido que la norma. Hay casos documentados de asistentes que siguen escuchando después de que los humanos cuelgan, registran con fidelidad el comentario que vino después y despachan la transcripción completa al equipo entero.

Con la cara ocurrió algo parecido. Cuando OpenAI lanzó su generador de video, los usuarios se dedicaron a recrear celebridades sin permiso y la empresa terminó reescribiendo su política. Hoy cualquier persona debe autorizar expresamente el uso de su imagen y decide quién puede hacerlo. Es un buen control y llegó por la vía de siempre, que es primero el abuso y después la regla. Queda un hueco considerable, el de los muertos, sobre quienes la empresa invoca intereses de libertad de expresión y deja la carga de reclamar en manos de los herederos.

Con las personas, en cambio, no hemos avanzado nada. Más de la mitad de los usuarios dice que las notas de voz son largas y aburridas, y una proporción parecida las encuentra inoportunas. La respuesta de la industria a ese diagnóstico fue instructiva. WhatsApp lanzó en julio un widget que permite grabar y enviar audios sin abrir siquiera el chat, además de la posibilidad de mandar una misma grabación a varios destinatarios de un tirón. Ante la evidencia de que enviamos demasiados audios, la solución fue abaratar el envío. El costo lo asume quien recibe, como casi siempre.

Con las llamadas ocurrió lo contrario, y también sin que nadie lo acordara. Ocho de cada diez menores de treinta sienten ansiedad cuando los llama un número desconocido, y casi dos tercios prefieren recibir un mensaje de texto antes de que suene el teléfono. Esto suele contarse como una fragilidad generacional, y creo que es un error de lectura. Una llamada sin aviso es una exigencia de atención inmediata que el otro nunca autorizó. Lo que a mi generación le parece falta de carácter es exactamente la misma lógica del consentimiento que aplaudimos cuando se trata del transcriptor. Los jóvenes no le tienen miedo al teléfono. Le están pidiendo al teléfono lo que nosotros le pedimos al bot.

Hemos construido en tiempo récord un vocabulario preciso para el consentimiento frente a las máquinas. Sabemos hablar de autorización expresa, de retención de datos, de quién puede usar nuestra cara y de qué se hace con una transcripción. No tenemos nada equivalente para el consentimiento entre nosotros. Exigimos que nos avisen antes de grabarnos y no nos preguntamos si el otro tiene nueve minutos libres. Auditamos dónde aparece nuestra imagen y no reparamos en la hora a la que mandamos un mensaje.

La razón es poco halagadora y bastante simple. Frente a la máquina el riesgo es legible. Hay una ley, una multa, la opinión de un colegio profesional, un titular de prensa. Frente a la persona el costo es difuso, no genera demanda y lo asume ella en silencio, casi siempre sin decirlo. Terminamos cuidando aquello que alguien nos puede cobrar.

El documento de 1995 traía una regla que hoy suena arcaica y resulta más pertinente que nunca: respeta el tiempo y el ancho de banda de los demás. Hablaba de un recurso técnico que dejó de escasear hace años. El recurso escaso ahora es el otro. Su atención, su paciencia, su tarde de martes. Nadie ha escrito todavía el artículo que lo proteja, y probablemente nadie lo escriba. Esa parte del contrato sigue dependiendo de que a uno le importe.

Fuentes consultadas

NYC Bar: opinión formal sobre transcriptores de IA (https://www.coblentzlaw.com/news/its-okay-to-say-no-to-ai-notetaking-and-meeting-recordings/) · Bloomberg: los notetakers de IA y la privacidad (https://www.bloomberg.com/news/newsletters/2026-06-30/ai-meeting-notetakers-spark-privacy-concerns-recording-you-without-consent)

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